19 de marzo de 2016

Leer es jugar.



Hay familias Billiken y familias Anteojito, a mí me tocó una familia Billiken. Tenía igual unas cuantas Anteojito que eran números antiguos heredados, de todos modos eso no viene al caso ahora más que por un ejemplo que voy a dar, lo cierto es que no hubo una compra constante de Billiken durante mi infancia y la de mis hermanas sino más bien compras intermitentes en diferentes momentos, la más duradera aunque no sin huecos fue la época en la que la revista publicaba Los Pitufos, la historieta de Peyo, puntualmente las historias "El pitufo volador" y "Los pitufos negros" de las que sólo quiero comentar dos cosas que en rigor son el tema de esta entrada, la primera es que yo ya conocía a los personajes por la serie de televisión pero las historietas me gustaban mucho más, los dibujos animados supongo que me divertían pero las historietas me fascinaban y creo que la superioridad que encontraba en estas tenía relación directa con haber conocido antes la serie televisiva porque lo que me causaba tanto disfrute en las historietas era la sensación de expansión, no sé si encontraría el dibujo más detallado o intuiría más desarrollo de tramas y personajes pero de algún modo leer las historietas era como ampliar lo que se veía en la serie a la vez que disfrutarlo con más detalle, la segunda cosa es que nunca leí completa ninguna de las dos historias, en algún momento los huecos en la compra intermitente de la revista me dejaron sin varias partes, incluidos los finales pero eso no me ocasionó ningún conflicto, no me importó leer la historia entera porque leer así, recortado, era un hábito que ya tenía incorporado hace mucho. 

Paréntesis no tan paréntesis: una afición que tuve siempre desde muy chico y que en su momento yo no diferenciaba en lo más mínimo de leer historietas era la de observar detenidamente cualquier lámina, cuadro o ilustración de algún escenario con mucho detalle, incluso los de esos platos ornamentales que se cuelgan en las paredes (cuando yo era chico se usaban mucho más que ahora), donde sea que pudiera "colgarme" estudiando los distintos personajes y partes del paisaje representado lo hacía pero no era que observaba o me importaban los detalles del dibujo, lo que hacía era imaginarme la situación representada como una historia, quiénes eran los que ahí estaban, qué hacían pero sobre todo, lo que más me despertaba curiosidad era pensar en lo que no se veía, en qué había más allá, cómo eran esas casas adentro, qué había a la vuelta de esa esquina o bajando la colina, por eso para mí no había mucha diferencia con leer. Cierro el paréntesis con un ejemplo:



Como decía, entonces, desde siempre tuve incorporado el hábito de leer historietas de forma fragmentada e incompleta, básicamente por tres razones, la primera es que como cualquier niño curioso me interesaba hoy por una cosa y mañana por otra, la segunda es que en una familia de clase media trabajadora no se compra todo sino lo que se puede y cuando se puede y la tercera es la que, creo, está vinculada con lo que comentaba en el paréntesis: leer era jugar. 
Estoy convencido de que ese hábito de "leer" una imagen durante un rato creando historias mientras observaba los detalles o trataba de imaginar lo que no se veía de algún modo me otorgó una especie de entrenamiento para poder leer cualquier fragmento de historieta y disfrutar de esa experiencia sin necesidad de completarla, de algún modo la historia aunque pudiera conmoverme, o intrigarme era secundaria porque de algún modo era una excusa, lo que faltaba se suplía expandiendo el "universo" con el juego, cuando uno es niño de hecho, como en el ejemplo que dí de Los Pitufos o en cualquier otro, He-Man, Tintin, los superhéroes, se puede tener predilección sobre alguna forma sobre otra pero en la práctica no hay diferencia entre una revista, una serie de televisión, un muñeco articulado, un mazo de naipes, jugar con amigos a "ser" tal o cual personaje o una película, hay una experiencia lúdica de algún modo interactiva dónde todas esas cosas son parte del mismo juego creativo que se retroalimenta con la lectura.

Un ejemplo más: "La sombra del Gorila" (esta sí era de Anteojito, creo). Nunca tuve un número con otro capítulo, y sin embargo esta sola escena es una lectura fundamental de mi infancia, jamás me importó no tener idea de dónde viene y a dónde va, para qué me haría falta eso de niño si esta página tiene la suficiente cantidad de elementos para ser emocionante por sí misma.



Finalmente la prueba que me basta para cerrar el tema es que a cualquiera de esas historietas incompletas porque sólo tenía un número aislado, o una página suelta en alguna revista, o inclusive una tira de ejemplo en una nota periodística las leía y releía muchísimo con el mismo estado de entusiasmo que a las láminas, ilustraciones, platos y cuadros, observando los detalles y preguntándome como sería lo que faltaba pero sin la necesidad de responderlo, nunca perdí esa costumbre en verdad no sé por qué hablo en pasado. 



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