17 de junio de 2016

Para leer al Pato Donald


Junto con esa historieta de Tintin de la que ya hablé acá, lo más antiguo que recuerdo haber leído fueron historietas de Disney pero a diferencia de aquella otra el recuerdo de éstas no es tan nítido, tan puntual, es más bien una sensación de que estuvieron siempre. Sí tengo un recuerdo muy, muy antiguo de la imagen de los personajes del Hermano Oso y el Hermano Zorro (Originarios de la película “Canción del Sur” que nunca ví) y que me remonta a mis tres o cuatro años, pero no recuerdo qué pasaba, tampoco es que luego me gustaron especialmente esas historias, supongo que alguna de mis primeras revistas tendría una historieta donde aparecían que me gustaría mucho o algo así, no recuerdo más que conocerlos desde muy chico.


Más allá de eso, lo que quiero contar tiene que ver con que en general las revistas de historietas de Disney fueron una de las pocas lecturas que casi nunca interrumpí, en todas las entradas de este blog repito que durante mi historia como lector de historietas fui teniendo diferentes etapas en las que me interesaba más por algunas temáticas y géneros y dejaba de lado otros, sin embargo desde el principio y hasta bien entrada mi adolescencia siempre me gustó leer las historietas de Disney (otras que comparten el mismo récord de permanencia son las de Condorito pero de una manera más azarosa que elegida). En Argentina durante muchos años se publicaron montones de revistas de Disney de diferentes orígenes, las más populares eran unas co-editadas por Editorial Pincel de Chile y Editorial Tucumán de Argentina que tenían títulos como “Mickey”, “Pluto”, “Tío Rico”, “Donald”, “Tribilín” (Para los millennials: Tribilín es Goofy) y “Disneylandia” y unos “libritos” (formato más pequeño pero con más páginas y encuadernación rústica) que se llamaban “Pato Donald de Oro”. Más allá de los títulos no había ninguna diferencia entre una y otra, todas traían historietas de cualquier personaje, las revistas eran en su mayoría de treinta y dos páginas con una cantidad variable de historietas que iban desde historias de una página hasta más de dieciséis.
En alguna otra época, o paralelamente no recuerdo, había unas de edición española que se llamaban “Don Miki” (Ahí me enteré muchos años después que venían muchas historietas de un tal Carl Barks.) y si bien a mí me gustaban mucho no soportaba las traducciones de los nombres, si para mí el personaje que originalmente se llama Uncle Scrooge siempre se había llamado Tío Rico, me fastidiaba que ahí le dijeran Tío Gilito, por ejemplo. Años más tarde ya en los años 90 (Cuando me las compraba yo mismo con casi la misma vergüenza que las historietas con contenido para adultos) empezaron a publicar otras que eran ediciones colombianas estas eran Disneylandia y Aventuras Disney y también venían en el formato pequeño, el mismo de “Don Miki” y de “Pato Donald de Oro” y también editaban ejemplares temáticos como “Los Científicos” o “Los Periodistas”. 


Yo leía todas por igual, no hacía lo que hago ahora cuando agarro una antología que es leer primero lo que me gusta o me llama la atención, después el resto e inclusive puedo llegar a no leer algo si no me gusta, antes empezaba por el principio y leía una por una hasta el final. Sin embargo no me daban todas lo mismo, las de los patos siempre me parecieron las mejores por lejos, tenía una división importante en la que ayudaba la geografía ficticia, para mí las mejores eran las que ocurrían en Patolandia, después venían las que pasaban en Ratolandia (Básicamente las de Mickey, Tribilín y Pluto) y las demás eran las “de relleno” (que por lo general eran historias mucho más breves con personajes de las películas como Dumbo, Pinocho, los tres chanchitos y el lobo, etc.) Las historias de los patos siempre me resultaron mucho más entretenidas que el resto, supongo ahora que porque hay una dinámica entre los personajes que funciona mucho mejor que en las demás, pero ya sea en las historietas con temática de aventuras como en las historias de la vida cotidiana los patos me resultaban mucho más divertidos que el resto, al punto que con muchas recuerdo reírme en voz alta. Tenía un ranking que sigue intacto hasta hoy y que en orden de importancia es el siguiente:

1 - De Donald y Pascual 
3 - De Donald, Tío Rico y los tres sobrinos.
2-  De Pascual en solitario o con su sobrino.
4 - De Donald y los tres sobrinos
5 - De Tío Rico y los tres sobrinos, sin Donald.
6 - De los tres sobrinos.
7 - De Tío Rico en solitario.
8 - De Tribilín en solitario o con Mickey
9 - De Mickey en solitario o cualquier otro personaje que no sea Tribilín.
10 - Todas las demás

Los personajes "perdedores" y anti-héroes siempre me cayeron mejor que los otros, muchos de los personajes principales y secundarios que más me gustaban son de este tipo.
Pascual, cuyo nombre original es Fethry Duck  (y en algunas traducciones se llama “Patoso”) es junto a Donald uno de mis personajes favoritos (De todos, no sólo de Disney) pero a Donald siempre lo registré como a un personaje de animación que aparece en las historietas en cambio Pascual es (al menos para mí) cien por ciento de este medio. Las que más me gustan de de la dupla son esas en las que trabajan como periodistas para un diario que dirige Tío Rico, la relación entre ellos y sus personalidades que chocan pero a la vez se retroalimentan en cualquier situación les da a esas historietas un tempo de comedia que siempre me resultó genial.



La única razón que tuve para dejar de leer habitualmente las historietas de Disney tiene que ver nada más que con el propio peso del interés por otros temas y géneros que se dio cuando crecí. No tengo otra razón aunque ahora me surge una sospecha: Quizás en el inicio de mi arco de aprendizaje, cuando estaba deslumbrado por el descubrimiento de que existía la crítica y la teoría sobre historietas, empecé a filtrar todo lo que leía según las valoraciones previas de mis referentes antes que por la propia experiencia. Muchas cosas que no encajaban con esas teorías y validaciones varias quedaban afuera, con el tiempo por suerte uno completa ese arco formativo quedándose con lo que le sirve y poniendo un filtro al revés, es decir tratando de acomodar cada cosa donde va pero sabiendo que la historieta es narrativa y entonces lo más importante es que lo que tiene valor es lo que para cada lector funciona, saber por qué, cómo o cuánto es algo accesorio o en todo caso, si es necesario, lo es como actividad paralela. Cuando me di cuenta de eso volví a poner las cosas en el lugar que iban y a relacionarme de otro modo con lo que leo, más vinculado a la experiencia que resulta de ese tránsito que es leer historietas, Por esto mismo empecé este blog, claramente.

Por último, que me perdonen los creyentes, pero como fue intencional no puedo obviar la mención al libro de Ariel Dorfman y Armand Mattelart, cuyo título es el mismo que el de esta entrada, aunque sea nada más para decir que me parece que requiere muchísima fe (de la religiosa) tomar en serio semejante teoría conspiranoica, casi digna de David Wertham.

29 de abril de 2016

Tres prejuicios

Escribo esto sin estar seguro si cada obra tiene su tiempo para ser leída por cualquier lector que esté preparado para valorarla, como si fuera un aprendizaje, o si lo que decidimos leer y nos gusta está determinado por variables cambiantes, azarosas y desconocidas que ya tenemos incorporadas, igual no importa, cuento tres casos diferentes de preconceptos vencidos en orden cronológico:

1. "Me molestan las basuritas"

Cuando era un nene chiquito no leía historietas de Columba porque en mi casa las compraran, tampoco puedo acordarme bien dónde las leía lo cual habla de lo populares que eran porque en las casas de mucha gente (y en las peluquerías) andaban dando vuelta ejemplares de El Tony, D'Artagnan, Intervalo, Fantasía o Nippur Magnun y aunque en esa época yo leía en general otro tipo de historietas, más acordes al gusto infantil, como igual no podía resistirme a nada que tuviera dibujos, viñetas y globos, donde las veía las pedía, claro que tenía mi propia forma de leerlas, lo primero era separar "las aburridas" de las otras, las aburridas eran las que para mí básicamente "se trataban de gente hablando" a saber, las dramáticas y románticas (Es decir todo Intervalo, cuando me tocaba una sólo la hojeaba) los westerns y gauchescas, las de guerra, las de aventuras (salvo que tuvieran animales o alguna escena visualmente llamativa) y las históricas (salvo que se cortaran cabezas) entonces quedaban las cómicas, las de fantasía y las de ciencia ficción, que dependiendo de la revista podían terminar siendo nada más que una, dos o tres historietas, ahí estaban Or-Grund, Pepe Sanchez, Mi novia y yo, Wolf, y algunas de las adaptaciones de películas como la de Laberinto. Pero el caso paradigmático en esta discriminación es el de "Crazy Jack", de Gustavo Amézaga y Rubén Meriggi, una historieta de ciencia ficción post-apocalíptica que tenía todo lo necesario para no estar dentro de "las aburridas", un guerrero, armas láser, peleas, gente deforme, y que, sin embargo yo no quería leer y la salteaba, pero lo hacía con bronca porque suponía que podría gustarme y entonces era una oportunidad desperdiciada ¿Por qué no las leía? Por el simple hecho de que me molestaba mucho que todo el tiempo había "basuritas" sobrevolando en el ambiente, una especie de polvo o mugre ambiental, parte de la atmósfera y que vaya a saber por qué capricho del gusto a mí me molestaba muchísimo, le tenía un odio terrible sólo por eso, recuerdo que el dibujo del título con Crazy Jack disparando un rayo sobre el logotipo me parecía genial pero "debía perdérmela" igual porque me molestaban las "basuritas" alrededor de los personajes todo el tiempo, eso bastaba para no darle la oportunidad, no había caso. Varios años más tarde cuando sí procuraba conseguir por propio interés las revistas de Columba, cuando me empezaron a interesar los westerns de Del Castillo, las gauchescas de Casalla y los policiales de Mandrafina y ya no discriminaba a "las de gente hablando" (al menos de un modo tan drástico) Crazy Jack pasó a estar entre mis favoritas, y estuve seguro de que, pese a que no era una historieta infantil, me hubiese gustado igual de más chico si no hubiera obedecido ese capricho, de hecho, además de lo atrayente que me seguía resultando la temática, me gustaba bastante el estilo de Meriggi, que consideraba ideal para representar ese mundo, incluyendo el recurso de "las basuritas".




2 - "El que dibuja feo"

En mi adolescencia no sabía si el dibujante era Muñoz y el guionista Sampayo o si era al revés, en realidad me daba lo mismo porque no me importaba, ni siquiera los leía, cada vez que encontraba una historieta de ellos en una antología los pasaba de largo porque para mí eran las historietas "del que dibuja feo". En una época donde me maravillaba con André Juillard, Vittorio Giardino, Moebius, Regis Loisel, Enki Bilal, cualquier cosa (seria o cómica) cercana a la "línea clara franco-belga", Carlos Meglia, Horacio Altuna y sin haber perdido interés ni en la historieta clásica norteamericana ni en la de superhéroes el dibujo de José Muñoz era algo que no entendía, claro que no era el único, había muchos que para mí eran "raros" porque se salteaban ciertas formas ya sea de dibujar o de plantear las páginas (tampoco me gustaba Sergio Toppi, por ejemplo) pero el caso de Muñoz es el que más presente tengo porque me producía un rechazo inversamente proporcional a la admiración que le tengo hoy por hoy, supongo que no lo entendía, que todavía no había madurado como lector o que más bien me faltaba cierta competencia para que me llegara lo que proponía, por supuesto que eso no implica que los dibujantes que sí me gustaban sean más "fáciles", pero dada mi historia de lectura lo que hacía Muñoz para mí era ajeno. Tardé bastante en darle una oportunidad y de hecho, me fue interesando gradualmente pero tuve que leer antes a Enrique Breccia y a Oswal (No al de Sónoman que ya conocía de chico sino al de Consumatum Est) y después de ellos a Alberto Breccia y a Hugo Pratt, y una vez que ya me gustaban estos leí las primeras historietas de Alack Sinner, cuando ya andaba por los veintipico, recién ahí empecé a identificar cuál escribía y cuál dibujaba y a interesarme por todo lo demás que hicieron juntos y hoy por hoy no sólo me parece que José Muñoz  y Carlos Sampayo hacen una de las mejores duplas autorales de la historia sino que no puedo creer lo lindo que dibuja Muñoz.




3. “Lo que pasa es que no me conmueve”

Gracias a un regalo que yo elegí hacía casi cuatro años que tenía “Jimmy Corrigan, el niño más listo del mundo” de Chris Ware en mi biblioteca y nunca lo había leído, cada tanto lo hojeaba y me quedaba mirando los dibujos y observando alguna secuencia que me llamara la atención pero cada vez que lo agarraba me daba una fiaca terrible tener que leer de corrido las trescientas y pico de páginas que tiene, de modo que lo volvía a guardar de nuevo diciendo que lo dejaba para “más adelante”. Este proceso duró todo este tiempo hasta la semana pasada. El motivo preciso por el cual no encontraba la motivación para leerlo no lo sé, pero supongo que mucho tiene que ver que yo, prejuiciosa pero también mentirosamente, ya había decretado que Chris Ware no me conmovía como autor, no es que fuera mentiroso porque nunca había leído nada, pero casi, al menos lo era por haber opinado tanto con tan mínima información, conocía su trabajos de “Acme Novelty Library” de allí había leído muy poco, en su mayoría páginas sueltas que sumadas a notas y críticas leídas o escuchadas aquí y allá me resultaban suficientes para decretar que sí, que entendía “por qué a mucha gente podía gustarle”, que claramente podía ver que era un autor innovador, virtuoso y original, con un manejo exquisito del color y el diseño, y que además podía reconocerle como un autor importante o influyente pero que, lamentablemente, más allá de eso a mí me parecía frío, no me llegaba, es decir el tipo era bueno, pero a mí no me conmovía. 
Por una razón que voy a omitir porque llevaría a una digresión importante hace exactamente siete días decidí leerlo, esperando, por supuesto, que la misma lectura aunque me entretuviera confirmara todo lo que pensaba PERO descubrí felizmente asombrado que la historia me resultó atrapante, me entristeció, me hizo reír y me movilizó, en definitiva, me resultó absolutamente conmovedora y que Chris Ware está muy, pero muy, muy lejos del diagnóstico de “frío” con el que lo había rotulado antes de leerlo en Jimmy Corrigan. 
Lo que más me horroriza de este prejuicio no es descubrir que estaba equivocado, esa es la parte linda y además después de todo hay un final feliz en terminar disfrutando cuando una obra supera las expectativas que tiene uno cuando la empieza, lo que me horroriza decía es que esos prejuicios que tenía son comunes y bastante extendidos y que, esto es lo que me parece más triste, no son prejuicios sobre Chris Ware sino sobre la historieta misma, porque lo que encontré leyendo Jimmy Corrigan es que todo lo que yo reconocía de bueno en su autor antes de esta experiencia eran elementos que de algún modo me parecían superficiales, como si un autor que maneje todas esas herramientas (herramientas narrativas casi todas puras y dignamente historietísticas) tuviera que ser un autor que necesariamente tenga que descuidar la historia o contar cosas ingeniosas que le sirvan de excusa para su despliegue gráfico pero que por eso mismo descuide su capacidad de construir una historia con el peso suficiente para “llegarle” al lector, el prejuicio es contra la historieta por esto mismo, porque el medio sí que puede contener todo eso a la vez, y Ware con Jimmy Corrigan lo hace, después de haberlo leído comprobé que ninguna de sus virtudes gráficas resalta por sobre la historia sino que ambas son un todo inseparable al servicio de una historieta conmovedora por dónde la mires. 



 Cada vez que analizo hechos como estos que conté se me ocurre pensar cuántas cosas con las que tengo prejuicios hoy podrán gustarme mañana, cuando creo que ya tengo todo claro y que puedo anticipar lo que me resulte bueno y lo que no, hay fichas que se acomodan y me encuentro redescubriendo cosas que antes no me interesaban. Ojalá tirar abajo prejuicios no se acabe nunca.

19 de abril de 2016

Las historietas no se hacen solas

En tercer año del secundario tenía una materia que se llamaba "Taller de expresión", en una de las clases la profesora estaba hablando de algo que no recuerdo pero en un momento que me tomó por sorpresa me señala diciendo "...vos, por ejemplo ¿Cuál es tu ídolo?" de forma inmediata se  me vino una palabra a la cabeza pero por esa mezcla de prejuicios, soberbia y necesidad de encajar con el resto que uno suele tener a los quince años no la dije, de modo que contesté "No sé, no tengo." la profesora no me creyó e insistió con la pregunta y yo aclaré "No sé, no se me ocurre ninguno ahora" y la clase siguió por donde venía pero mientras yo sentía alivio porque se terminó ese horrible momento de exposición pública empezaba a torturarme con la idea de que había sido un traidor por no haberme hecho cargo y haber negado que tenía un nombre para decir. La palabra que se me vino a la mente con la pregunta fue "Alcatena".

Volviendo más atrás, alrededor de los once años, estaba pasando por un momento donde me atraían mucho las historietas cuya estética me pareciera antigua, sobre todo de aventuras, fantasía y ciencia ficción, recientemente había descubierto muchas así de Editorial Novaro, no las de superhéroes que ya conocía desde más chiquito, sino otras que para mí eran novedosas aunque a algunos de sus personajes ya los conociera porque eran clásicos, para mi disfrute había encontrado una librería que tenía unas reediciones argentinas que compilaban cuatro o cinco números de las revistas de Novaro pero en tamaño pequeño, "los libritos" era el nombre génerico que usábamos con un amigo que también los compraba. Así, empecé a leer bastante a Tarzán, Flash Gordon, Fantomas, Cuentos Extraordinarios (Que traían historietas de terror al estilo EC) tanto en esos "libritos" como en las revistas originales que podía conseguir en algún kiosko o amigo que canjeara.




No sé muy bien como explicarlo y menos podría haberlo hecho en esa época, pero había algo más allá de las historias y personajes en sí que me atraía de esas revistas, era algo relacionado con la estética, algo que las historietas de aquel momento que también leía no tenían, me provocaban una nostalgia muy extraña porque era nostalgia de algo que no había vivido, atribuyo eso a la percepción de que esas historias compartían una estética que ya no existía y que me llamaba la atención, de hecho no creo que anteriormente esas cosas pesaran a la hora de leer una historieta, de algún modo estaba ampliando la forma de percibir lo que me interesaba. Había una que desconocía del todo hasta ese momento y que me fascinó mucho más que las otras, se trataba de "Tomajauk" eran historias de un aventurero de Norteamérica en la época de las guerra de la independencia, una mezcla de Western, fantasía y ciencia ficción histórica que me encantaba, eran historias breves y sintetizaban toda esa atmósfera que me atraía en aquellos días aunque los dibujantes eran diferentes y algunos me gustaban más que otros en las historietas de Tomajauk había, pioneros, indios, colonizadores ingleses y franceses, monstruos, máquinas infernales y trucos de astucia, superheroínas a caballo y hasta extraterrestres y viajes a la luna.





¿Que tiene que ver esto con Alcatena? Lo siguiente: Cuando uno es niño se interesa por las historietas atraído por los personajes y las historias, leer es un viaje porque lo que ocurre ahí le está pasando a alguien y en algún mundo eso existe, uno sabe desde chico, aunque más no sea por verlo repetidamente en algunas revistas, que las historietas tienen un autor, pero la conciencia de que alguien las hace se va formando con el tiempo, primero eso no interesa para nada, ni se piensa siquiera, para mis once yo hacía un par de años al menos que sabía de la existencia de Oswal, de Quino, de Vogt y Robin Wood pero no me importaba mucho eso, era un detalle que figuraba en las historietas pero no tenía demasiada trascendencia en la lectura, en lo que importaba. Pero algo había cambiado en mi forma de ver porque antes leía con el mismo interés cualquier tipo de historieta y en todo caso filtraba por si me gustaban los dibujos, los personajes o lo que pasaba, cuando me interesé por estas revistas de Novaro como decía ya estaba observando algo más allá, una estética, un tipo de historieta, un estilo, importaba eso con el mismo peso que lo que pasaba en la historia y cómo eran, dónde estaban o qué hacían los personajes. Esa nueva búsqueda me abrió la puerta para darme cuenta de otro ingrediente más importante todavía: el autor.
Como ya conté en esta entrada anterior en mi casa no se compraba Anteojito sino Billiken, así que yo leía las Anteojito en casa de mis tías y de amigos, si bien me gustaban mucho las historietas que leía ahí ni me planteaba la posibilidad de que se cambiara la costumbre de comprarla, me daba lo mismo y con leerla así me alcanzaba, hasta que un día, en casa de mis primos me encuentro con una página de "Estrellazul" y ya nunca volví a leer igual. Me explotó la cabeza, me fascinó, encontraba todo lo que me venía atrayendo de Tomajauk y las demás Novaro pero llevado a una síntesis perfecta, "¡¿Qué es esto?!" pensé, "¡Quiero más!" y empecé a revisar todos los números que había buscando lo mismo, el caso es que mis primos tampoco tenían números consecutivos en ese tiempo pero de todos modos fue suficiente porque encontré varias historias más con diferentes personajes, la mayoría tenía una página, de manera que no sabía de dónde venía y a dónde iban la historias pero me enganché, y pude conseguir un hilo común que las identificaba como antes había sido el nombre de los personjes o el título de la revista y luego la editorial, ahora me interesaba la firma un pergamino que decía "Alcatena" igual no era necesario del todo, las historietas suyas se reconocían en seguida por su estilo. Así, me ocupé de hacer un raíd por cualquier casa donde sabía que había Anteojitos para que me las prestaran y leerlas y a buscar en las casas de canje para después recortar esas páginas y separarlas, tenía páginas sueltas de Estrellazul, Diamante y Zafiro y Arlequín, la gloria fue cuando le cambié a un amigo varias revistas por un suplemento de una historia completa de Tic Toc Jr. ¡Tenía una "revista" entera de Alcatena! no me importaba nada lo "desfavorable" del negocio que había hecho, más adelante le pedí a un amigo que compraba las Anteojito para seguir una colección que me prestara todas las que tenía y me fuí con el pilón a casa, las abrí consecutivamente poniéndolas encima desde atrás hacia adelante abiertas en las páginas de "Kassim y el Genio" para poder leerlas de corrido, y por supuesto cuando dibujaba le copiaba la firma, dibujaba el mismo pergamino pero ponía adentro mi nombre tratando de imitar la caligrafía.




Como decía, ya antes tenía idea que las historietas no se hacían solas, que tenían un autor, pero a partir de Alcatena entendí la importancia que tenía eso, por supuesto no del mismo modo que lo comprendería de más grande pero lo suficiente como para saber que es una variable fundamental, a partir de aprender eso pude hacer retrospectiva de lo que me gustaba y recuperar los nombres y notar que había una relación entre las historietas que más me gustaban y sus creadores y a partir de eso a tenerlo como condición a la hora de valorar lo que leía y me empezó a ofender que no figuraran los nombres en algunas revistas no tenía más parámetro que el estilo y eso no me alcanzaba.
Un tiempo después me fui decantando por otros intereses, para mis trece años había descubierto la historieta europea y me gustaba mucho, para mí la historieta seria argentina era Columba y nada más pero ya la había leído bastante y me parecía que estaba muy lejos de la revista Cimoc que era el parámetro de lo que me interesaba entonces, así que siguiendo ese camino de búsqueda como lector "adulto" descubrí la Skorpio que si bien era también diferente se parecía más a lo que yo quería leer por esos días, ni hablar cuando descubrí otra vez la firma de Alcatena pero ya no era el mismo que conocía de Anteojito, sino otro, más oscuro, que otra vez tenía para contarme justo lo que yo quería en ese momento, de modo que no me quedó otra oportunidad de convertirlo en mi ídolo, no había otra, era definitivamente el caso ejemplar en mi historia de lectura del nombre que tiene peso por si mismo, porque siempre me contaba historias que quería leer inclusive pensaba lo bueno que sería que dibuje tal personaje o tal historia, soñaba con ver Eternia dibujada por él, por ejemplo y por esa razón sigo lamentando, sí todavía, haberme callado la boca cuando me preguntaron "¿Quién es tu ídolo?"



9 de abril de 2016

¿Vos de cuál sos? (Versus - Parte II).


Aunque voy a hablar de un tema distinto al de la entrada anterior, ésta funciona como la segunda parte de dos relacionadas con un "versus". Lo que me atrae de este tema es cuánto pueden llegar a sostenerse esas ficciones de rivalidad que a pesar de lo consciente que puede estar uno de la farsa que son, no sólo forma parte de la misma sino que la alimenta y la continúa, al menos a mí me pasa eso, quiero decir que me hago cargo de que si tengo que elegir un bando yo soy de Marvel.
Pero ¿Por qué tendría que elegir? ¿Qué me obliga a definirme en un bando? Yo creo, como lo trataba de explicar en este "Versus - Parte I" que en realidad uno no elije nunca eso, de ahí la analogía de que es "como caerse en un pozo", porque es accidental, a uno le tocó como le tocó, tal vez, el club de fútbol por el que hincha o la nacionalidad, sin embargo y sobre todo al crecer, siempre aparece la necesidad de explicación, de justificación, la representación de la pantomima de que se evaluaron ambos bandos y que entonces uno optó de manera consciente por el que le parece mejor cuando todos sabemos que eso nunca pasó. 
Mi período de vinculación más fuerte con la historieta de superhéroes es entre mis siete y nueve años, muy cerca de haber aprendido a leer y totalmente asociado al juego infantil, como también contaba en otra entrada previa, a esa edad no había ninguna diferencia entre las historietas, los juegos, el cine y la televisión, las figuritas o cualquier otro formato, todo era parte de lo mismo, mucho menos importaban los autores y además no tenía idea de que existían Marvel o DC o qué significaba eso, de todos modos ya entendía que eran dos universos separados, eso lo aprendi con los naipes de Cromy que separaban claramente a "Super Héroes" de "Super Amigos" lo cual era una demostración sin explicaciones de por qué Iron-Man y Daredevil (con otros nombres) y Batman y Superman podían estar en una misma  historieta pero nunca uno de estos con uno de aquellos. 
Entonces, si pienso en cómo influyeron en mis gustos este tipo de consumos me doy cuenta de algo, por un lado yo leía cualquier historieta que pudiera conseguir, no me importaba mucho la temática, leía Disney, Condorito, Columba, Billiken, las adaptaciones de "V, invasión extraterrestre", Patoruzito, Tarzán, cualquier cosa con viñetas que llegara a mis manos me interesaba, sin embargo con los superhéroes empezó a pasar algo distinto, ahí me interesaban más que nada los personajes, claro que disfrutaba las historias, pero me terminaba importando más verlos en acción, saber qué podían hacer, la historia era una excusa para eso, inclusive valoraba las revistas de superhéroes por la cantidad de personajes que traían llegando a contar viñeta por viñeta cuantos aparecían, a mayor número de personajes más valía la revista, esa era mi medida, durante mucho tiempo este número de Los Vengadores era el más "caro" de mi colección por el sólo hecho de contar con diecisiete personajes:


Volviendo al "versus" lo que pasó es que en mi recorrido de lectura no tuve la suerte de cruzarme demasiadas veces con DC, claro que leí y disfruté algunas de sus historietas pero para mí esos personajes están identificados básicamente con los dibujos animados y con diferentes formas de merchandising, en el terreno de la historieta, en la época a la que me refiero no competían, las revistas del género que estaban al alcance de la mano eran casi todas de Marvel, las que recuerdo son una colección de Los 4 Fantásticos y una de Los Vengadores, ambas de Editorial Abril que se editaron brevemente pero justo, justo en esa época (y que traían las historietas de Lee y Kirby según me pude dar cuenta muchos años después), varias colecciones de "El Hombre Araña" sobre todo la de Editorial Tucumán que fue la que más duró, una colección de Iron-Man editada en Chile que se vendía en Argentina en el momento y, la que más huellas me dejó, una colección española que circulaba en esos años bautizada horrible e injustamente como "Aventuras inéditas del Cine y la TV" que traía dos historietas por número, casi siempre una de El Hombre Araña y otra de Hulk. Frente a toda esta oferta de Marvel, de DC se conseguía muy poco, no recuerdo ediciones argentinas en esos años, eventualmente creo que circulaba alguna edición española de Batman pero en su mayoría lo que se podía encontrar eran saldos o números antiguos de Editorial Novaro, en su mayoría de Superman, y como finalmente la historieta para mí tuvo un influjo mayor que el cine, la televisión y demás consumos culturales, DC no tuvo chances conmigo, si me preguntaban que quería ser cuando sea grande y no hubiera tenido un instinto de autoprotección desarrollado desde chiquito, hubiera respondido siempre "El Hombre Araña".


Muchas veces escuché decir que en Argentina DC es más popular para mi generación que Marvel por la influencia que tuvieron las revistas de Editorial Perfil durante muchos años o durante los años lo que me hace sentir un "fuera de registro" con mi generación pero a la vez confirma una idea que me gusta mucho y que en definitiva es la que da vida a este blog y que es el de la "historia de lectura personal" a uno lo forma lo que va eligiendo y le va pasando y eso en muchas cosas puede ser generacional pero en muchas otras es totalmente individual. Cuando yo tenía alrededor de diez u once años por alguna razón me dejaron de interesar los superhéroes y me empezaron a interesar otro tipo de cosas, leía casi exclusivamente historieta argentina y después también historieta europea, tanto humorística como "seria" lo cual es un abanico amplísimo y por eso justamente uno puede leer un montón de historietas de estilos muy diversos y prescindir de los superhéroes sin siquiera darse cuenta. Pero un día, después de unos cuantos años con esos intereses bien definidos, me encontré en un kiosco con dos revistas nuevas, Spider-Man y El Increíble Hulk, hacía años que no veía a esos personajes en un kiosco, desde que era un niño justamente, y además apareció una novedad llamándome la atención desde adentro: la nostalgia. 

Me compré las dos, más porque me habían tocado una fibra emotiva que por interés genuino pero después descubrí alegremente que, sobre todo ese Spider-Man, era para el yo de ese momento, era otro, no el mismo que leí de chico y así volví al interés por los superhéroes y empecé a leer de nuevo todo lo que podía, ahora sí había disponible bastante de ambas de modo que reenganchado con el género a partir de Marvel sumé a DC a cuyos personajes inclusive redescubrí mucho más ya que los conocía menos, esta segunda etapa de entusiasmo por lo superheroico duró unos años más hasta que me saturé de "la continuidad", de lo que es o no "canon" y demás conceptos horribles, pero fundamentalmente porque como en mi etapa anterior fueron apareciendo intereses nuevos que me hicieron ir por otros caminos.  
Hoy en día entiendo que de algún modo completé un arco de aprendizaje como lector porque leo historietas de cualquier tipo con el mismo interés, de algún modo (lo digo como si fuera algo vago pero tengo una opinión concreta de qué es) conseguí que a la hora de elegir pueda anteponer la intuición a la temática o el estilo como me pasaba cuando crecía y me formaba, con "la intuición" me refiero a ver los signos que me hacen pensar que voy a leer una buena historia, pero sucede lo siguiente, cuando esa intuición me lleva a leer algo de superhéroes, si es una historieta de DC (o de cualquier otra editorial que no sea Marvel) la juzgo por lo buena o mala que me parece, por cuánto me gusta y nada más, del mismo modo que a cualquier otra historieta, en cambio con Marvel la escala de valor está asociada más que nada con el vínculo que esa historia tenga con las impresiones que guardo desde niño, Marvel es como el lugar de dónde vengo y no le perdono demasiado que se mueva de ahí, eso es finalmente "ser de" porque si una historieta de DC me parece buena me gusta y si me parece mala no y fin de la historia, en cambio una historieta de Marvel puede parecerme mala y gustarme porque resuena con algo que quiero, puede parecerme buena y no ser "lo que yo espero" de Marvel, tengo un lazo afectivo que no puedo evitar, con las únicas otras historietas que me pasa algo similar es curiosamente (o no) con las de Disney, esto me lleva a la siguiente pregunta ¿Existe realmente una identidad de Marvel y otra de DC? He leído mucho al respecto pero los argumentos que sostienen que sí me parecen demasiado faltos de fundamentos y si los tienen no me convencen para nada, ambas editoriales tienen altibajos, buenos personajes y malos, momentos de originalidad que influyeron muchísimo y kilos de mediocridad olvidables, ambas comparten muchos autores que mudan de una a la otra en diferentes momentos ¿Es posible que haya una esencia en cada una al punto que se vuelve inevitable identificarse más con una que con la otra porque cada una le llega a públicos distintos? Quiero decir, si cuando yo tenía entre siete y nueve años hubiera "caído en el pozo" de DC antes que el de Marvel ¿Hoy estaría contando todo lo contrario, o el destino "ser de Marvel" me hubiera tocado en otro momento y DC sería un recuerdo más de la infancia? ¿Demasiadas vueltas para un tema tan simple? Puede ser, sí, por las dudas lo termino acá. ¡Excelsior!



29 de marzo de 2016

Como caerse en un pozo (Versus - Parte I).



Una vez, hace como quince años, conversando con Javier Bordon sobre el sitio preponderante como autor que se le daba a Héctor Oesterheld en la historieta argentina, coincidíamos en que para nosotros, como lectores, nunca tuvo ese lugar. Surgieron como suele pasar en estos casos, los nombres de otros guionistas y más que nada una comparación puntual con Robin Wood sobre como concebía "la aventura" cada guionista según lo que se podía leer en su trabajo, no voy a desarrollar eso porque si bien yo coincidía era una lectura propia de Javier, algo en lo que yo no me había fijado nunca hasta ese momento, lo que si quiero contar es que para ejemplificar por qué en principio él había sido un lector de Wood antes que de Oesterheld usó una analogía con la que me identifiqué totalmente, me dijo que la historieta era algo así como un territorio por el que transitaba y que estaba lleno de pozos que podían ser obras o autores "En el pozo de Wood me caí, en el de Oesterheld no" me acuerdo que dijo y siempre estuve de acuerdo con esa analogía más allá de lo trágica que parezca por la sencilla razón de que atribuye el gusto o la identificación con una obra a algo fortuito, accidental, que el lugar de mayor o menor importancia que puede tener para alguien un autor o una obra no puede elegirse, no puede forjarse voluntariamente, te llega o no te llega, te conmueve o no, te habla a vos o le habla a otros y eso no se aprende. Por supuesto que se puede comprender por qué algunos nombres se vuelven más relevantes que otros cuando uno estudia el medio y se vuelve un lector competente, pero comprender o valorar es una cosa y conmoverse o disfrutar es otra, muchas veces coinciden, otras no.
Volviendo al ejemplo, yo leí El Eternauta de Oesterheld y Solano López por primera vez en 1996, recién me había venido a vivir a Buenos Aires desde La Pampa donde nací y me crié, allá no había comiquerías, ni eventos de historieta, y además, al menos desde la adolescencia, conocía muy poca gente con quienes compartir historietas, de modo que mi formación como lector fue seguir el rastro de lo que podía conseguir, comprando lo que podía, prestándonos o canjeando con amigos, y sobre todo revisando en kioscos que tenían el servicio de canje, así que venirme a la capital fue como abrir la compuerta a una cantidad inmensa de cosas que me había estado perdiendo, un detalle no menor para sumar al contexto es que me estaba pasando lo mismo con el cine porque era lo que había venido a estudiar por lo tanto estaba en un proceso de aprendizaje incorporando algo novedoso en mis lecturas hasta ese momento: la crítica, los ensayos, las teorías sobre la narrativa, todo lo que sea "hablar de" me interesaba por demás. Entonces, cuando empecé a leer El Eternauta, ya había leído quichicientos ensayos, notas, menciones en entrevistas y etcéteras al respecto, por lo tanto no cabía en lo más mínimo la posibilidad de que fuera un pozo en dónde caerme, me habían enseñado que era una obra importante y por qué, y que por eso "debía" leerlo, bueno entonces, sí lo valoré, sí entendí lo que se decía, si me entretuvo sobre todo fijarme el recorrido de los personajes en la guía Lumi y reconocer que todo pasaba acá mismo, pero no me conmovió en lo más mínimo, me resultó un esfuerzo leer todo junto algo que había sido pensado para publicarse serializado y además si bien hay cosas suyas que me agradan nunca me gustaron mucho los dibujos de Solano López. Con casi toda la obra de Oesterheld me pasó lo mismo en cambio con Wood es al revés, cuando leí o escuché teorías al respecto de su obra, muchas de sus historias ya me habían atrapado mucho antes de que me importaran los autores o de entender el "más allá" que puede tener una historieta. Este versus es un ejemplo sin la pretensión de hacer valoraciones justamente porque lo que más me importa comentar es que creo que un lector ávido o interesado probablemente siempre pase por un proceso formativo similar, pero que para completarlo hay que aprender a separar en algún momento el valor que una obra puede tener desde el análisis intelectual del valor que tiene como impresión, como experiencia propia de lectura, qué se puede decir o pensar sobre una historieta o sobre sus autores y qué le pasa a uno cuando los lee, algo Para no ser injusto y confirmar con otro ejemplo, cuando ya me había decretado a mí mismo que Oesterheld me resultaba aburrido y lejano, me regalaron Mort Cinder, y sí, es un pozo en el que caí.


19 de marzo de 2016

Leer es jugar.



Hay familias Billiken y familias Anteojito, a mí me tocó una familia Billiken. Tenía igual unas cuantas Anteojito que eran números antiguos heredados, de todos modos eso no viene al caso ahora más que por un ejemplo que voy a dar, lo cierto es que no hubo una compra constante de Billiken durante mi infancia y la de mis hermanas sino más bien compras intermitentes en diferentes momentos, la más duradera aunque no sin huecos fue la época en la que la revista publicaba Los Pitufos, la historieta de Peyo, puntualmente las historias "El pitufo volador" y "Los pitufos negros" de las que sólo quiero comentar dos cosas que en rigor son el tema de esta entrada, la primera es que yo ya conocía a los personajes por la serie de televisión pero las historietas me gustaban mucho más, los dibujos animados supongo que me divertían pero las historietas me fascinaban y creo que la superioridad que encontraba en estas tenía relación directa con haber conocido antes la serie televisiva porque lo que me causaba tanto disfrute en las historietas era la sensación de expansión, no sé si encontraría el dibujo más detallado o intuiría más desarrollo de tramas y personajes pero de algún modo leer las historietas era como ampliar lo que se veía en la serie a la vez que disfrutarlo con más detalle, la segunda cosa es que nunca leí completa ninguna de las dos historias, en algún momento los huecos en la compra intermitente de la revista me dejaron sin varias partes, incluidos los finales pero eso no me ocasionó ningún conflicto, no me importó leer la historia entera porque leer así, recortado, era un hábito que ya tenía incorporado hace mucho. 

Paréntesis no tan paréntesis: una afición que tuve siempre desde muy chico y que en su momento yo no diferenciaba en lo más mínimo de leer historietas era la de observar detenidamente cualquier lámina, cuadro o ilustración de algún escenario con mucho detalle, incluso los de esos platos ornamentales que se cuelgan en las paredes (cuando yo era chico se usaban mucho más que ahora), donde sea que pudiera "colgarme" estudiando los distintos personajes y partes del paisaje representado lo hacía pero no era que observaba o me importaban los detalles del dibujo, lo que hacía era imaginarme la situación representada como una historia, quiénes eran los que ahí estaban, qué hacían pero sobre todo, lo que más me despertaba curiosidad era pensar en lo que no se veía, en qué había más allá, cómo eran esas casas adentro, qué había a la vuelta de esa esquina o bajando la colina, por eso para mí no había mucha diferencia con leer. Cierro el paréntesis con un ejemplo:



Como decía, entonces, desde siempre tuve incorporado el hábito de leer historietas de forma fragmentada e incompleta, básicamente por tres razones, la primera es que como cualquier niño curioso me interesaba hoy por una cosa y mañana por otra, la segunda es que en una familia de clase media trabajadora no se compra todo sino lo que se puede y cuando se puede y la tercera es la que, creo, está vinculada con lo que comentaba en el paréntesis: leer era jugar. 
Estoy convencido de que ese hábito de "leer" una imagen durante un rato creando historias mientras observaba los detalles o trataba de imaginar lo que no se veía de algún modo me otorgó una especie de entrenamiento para poder leer cualquier fragmento de historieta y disfrutar de esa experiencia sin necesidad de completarla, de algún modo la historia aunque pudiera conmoverme, o intrigarme era secundaria porque de algún modo era una excusa, lo que faltaba se suplía expandiendo el "universo" con el juego, cuando uno es niño de hecho, como en el ejemplo que dí de Los Pitufos o en cualquier otro, He-Man, Tintin, los superhéroes, se puede tener predilección sobre alguna forma sobre otra pero en la práctica no hay diferencia entre una revista, una serie de televisión, un muñeco articulado, un mazo de naipes, jugar con amigos a "ser" tal o cual personaje o una película, hay una experiencia lúdica de algún modo interactiva dónde todas esas cosas son parte del mismo juego creativo que se retroalimenta con la lectura.

Un ejemplo más: "La sombra del Gorila" (esta sí era de Anteojito, creo). Nunca tuve un número con otro capítulo, y sin embargo esta sola escena es una lectura fundamental de mi infancia, jamás me importó no tener idea de dónde viene y a dónde va, para qué me haría falta eso de niño si esta página tiene la suficiente cantidad de elementos para ser emocionante por sí misma.



Finalmente la prueba que me basta para cerrar el tema es que a cualquiera de esas historietas incompletas porque sólo tenía un número aislado, o una página suelta en alguna revista, o inclusive una tira de ejemplo en una nota periodística las leía y releía muchísimo con el mismo estado de entusiasmo que a las láminas, ilustraciones, platos y cuadros, observando los detalles y preguntándome como sería lo que faltaba pero sin la necesidad de responderlo, nunca perdí esa costumbre en verdad no sé por qué hablo en pasado. 



9 de marzo de 2016

Dos adaptaciones.

Nunca me entusiasmaron mucho las adaptaciones literarias a la historieta, claro que hay malas, buenas, y excelentes pero en sí no me resultan atractivas, o al menos más atractivas que una historieta original. De todos modos, si pienso en esto o si surge el tema por casualidad, hay dos casos que rescato de inmediato y que aparte, se trata de dos historietas que siempre vuelvo a releer.




La primera es "Un mensaje imperial" de Franz Kafka por Leopoldo Durañona, en este caso lo destacable es que el texto se reproduce entero, fragmentado a lo largo de las viñetas que componen las cuatro páginas pero sin ninguna síntesis con respecto al original, se podría decir que no es en realidad una adaptación sino el propio relato de Kafka pero ilustrado "en forma de historieta", de hecho las imágenes de cada viñeta muestran casi redundando lo que el texto señala, sin embargo, me resulta una obra genial en sí misma, como historieta y no como adaptación, justamente porque el uso literal de texto no deja a la imagen es segundo plano ni la ausencia de diálogo lo hace sentir "pesado", van a la par, y creo que ese efecto es posible por la fuerza de las imágenes de Durañona que se lleva la historia a su propio mundo, cuando leí la historieta yo había leído el relato de Kafka, y en mi impresión las imágenes eran totalmente distintas, la historia hablaba de otra cosa y el efecto de la lectura era otro, eso no le quita poder a la historieta por el contrario, el mismo relato, con las mismas exactas palabras, está convertido en otro distinto gracias a unas imágenes pertinentemente majestuosas.

El segundo caso me fascina por razones totalmente distintas.



Se trata de "La gallina degollada" de Horacio Quiroga, por Carlos Trillo y Alberto Breccia, en este caso sí se ejerce la adaptación propiamente dicha, el pasaje no convierte la historia en otra cosa, se cuenta lo mismo que en el cuento pero sin un mínimo de literatura, es cien por ciento historieta y la magia que tiene no está sólo en esa capacidad de conservar la esencia de la obra adaptada sino en superarla, quiero decir que la historieta me parece mucho mejor que el propio cuento de Quiroga, o al menos más efectivo como relato, así lo experimenté porque en el momento que lo leí me agarró desprevenido, no conocía el original y me sentí literalmente el horror que se narra, tiempo después cuando leí el cuento me pareció que le faltaba muchísimo la síntesis que vuelve a estas nueve páginas un relato poderosísimo y ni hablar de la impresión que dejan las imágenes. 

29 de febrero de 2016

La primera impresión.


Esta entrada debió ser la primera pero por una cuestión de entusiasmo y tal vez de estrategia no fue así, sin embargo igual va a ser una introducción.
La idea de este blog es compartir experiencias que tuve y sigo teniendo al leer historietas, pero no cualquier tipo de experiencia de todas las que se pueden tener alrededor de la lectura, sino un tipo de experiencia en particular: La impresión.
Cada una de las entradas tendrá como tema algo que para mí haya significado una marca, una huella, algo que quedó grabado, en definitiva, algo que me haya conmovido de tal modo que quedó fijado en donde sea que uno guarde estas cosas.
Para redondear la introducción necesito un ejemplo y el ideal creo que es recurrir a la primera impresión, a la más antigua que puedo recordar, y se trata por supuesto de esa viñeta que abre la entrada.
 La cosa es así: como mis padres me leían desde muy chico y tenían la idea de estimular la lectura dejando que el niño use libros y revistas como juguete, resulta que vengo leyendo historietas desde antes de saber leer, puntualmente este recuerdo que quiero compartir es de cuando tenía tres o cuatro años. Lo que me quedó grabado en realidad corresponde a la escena completa alrededor de esa viñeta, ahí Tintin se cuelga de la parte de atrás del auto de "los malos" para poder seguirlos, cuando llegan a determinado lugar los tipos se bajan y Tintin los espía desde lejos, la viñeta que recorto es la imagen que mejor resume todos los elementos que recordaba, la parte trasera del auto con la rueda de auxilio, Tintin escondido, los malos vistos desde lejos, y sobre todo, la noche representada con color azul. Durante el resto de mi infancia lo único referente a Tintin que pude ver fueron algunas aventuras en dibujos animados pero en ninguna se representaba la secuencia que recordaba, no obstante era para mí una maravilla que emitieran Tintin porque claro, "era sabido" que a mí me gustaba si recordaba claramente que lo leía "cuando era chico", como sea, pasé el resto de la infancia sin cruzarme de nuevo con el Tintin impreso, hasta que un día, ya de grande, en una librería veo los lomos amarillos de la colección y se me viene a la mente la imagen aquella, empiezo a revisar los diferentes tomos y sin dudarlo abro El Loto Azul y lo empiezo a hojear buscando la escena, la encuentro y me sorprende lo nítida que la recordaba, lo compré y lo leí con la sensación permanente de que estaba recuperando muchas imágenes que tenía guardadas pero no recordaba, eso es todo.
Finalmente, las impresiones me fascinan por dos cosas, porque son involuntarias y porque son misteriosas y son el tema de este blog porque estoy convencido de que hay algo en ese tipo de experiencia de lectura vinculado con la escencia del poder narrativo que tiene la historieta, esto no voy a intentar explicarlo, sólo lo quiero demostrar.

19 de febrero de 2016

Columba y sus "pero..."

Cuando se menciona a la editorial Columba pueden surgir diferentes ideas según la experiencia de cada uno, los nostálgicos pueden pensar en la casa de sus abuelos, los utópicos en los obreros leyendo historietas en el tren mientras van a trabajar, los hijos de puta en la palabra "adocenada", otros en Robin Wood, o en la infancia, en leer en el baño, en la aventura y así se podría seguir con miles de ejemplos, a mí lo que me viene enseguida a la mente es una palabra, una expresión más bien, un recurso narrativo en realidad, que por supuesto no es exclusivo de las historietas de Columba pero que sin embargo en sus páginas se exprimía como en ningún otro lado ¿De qué hablo? Fijate...